12 noviembre 2010

Hoy en la noche voy a llorar...

Hoy un amigo de antaño, de la prepa, posteó en el feisbuc un fragmento de un poema de Mario Benedetti, Viceversa, uno de tantos a los que les hice copypaste en mis años de secundaria para enamorar a alguna chica que no me hiciera caso. Recuerdo que una de mis tías tenía un libro de poemas del escritor uruguayo -creo que se llamaba Despistes y franquezas- siempre mal acomodado porque siempre había alguien que lo tomaba para leerlo y lo dejaba así como lo encontraba. Yo me sentaba a la mesa y leía. Y Bendetti tomaba mi mente; se convertía en un mar donde yo era un barco a la deriva. Los caminos por donde transitaba con sus poemas eran siempre luminosos. Me enamoraba más con cada línea que entraba por mis ojos. Me enamoraba más de todo: de mi, de el libro, de la chava que me ignoraba… y siempre que interrumpía este viaje, se esculpía una sonrisa en mi cara de adolescente chaquetero.  Después decidí comenzar a transcribir los poemas en hojas recicladas del trabajo de mi tía que ella llevaba a casa de mi abuela. Acabada la copia, arrugaba la hoja para darle más dramatismo al regalo que llegaría a las manos de la susodicha, a manera de no sabía si dártelo pero lo saqué de la basura para tí. Tanto así me gustaban las chicas. De mucha ayuda fueron los poemas de Mario. Mario, sí, porque fue como un amigo que me conectaba con las niñas. El libro ya estaba gastado de tanto uso de la sección de poemas y logré memorizar varios de ellos que llevaba del papel al oído novel de mi conquista. Y ellas se enamoraban;  algunas, irremediablemente. Aunque la verdad, hasta donde pude saber, los poemas robados acababan abandonados en una cajita de madera y nada más. Pocas se preocupaban por leerlos más de dos veces; de pedirme más, de exigir versos más enamorados. Por ello, quizá, logré regalar dos veces el mismo poema en diferentes hojas recicladas. Mucho tiempo, el referido libro de poemas, fue mi biblia. Pero no se convirtió en una biblia nomás por lograr conquistas amorosas y verme bien intelectual y profundo, pues lo que más recuerdo, lo que tal vez lleve una lágrima de nostalgia hoy por la noche, es la felicidad absoluta, apacible, desbordada, que me inundaba cuando las letras de Benedetti tocaban mis ojos.
Hace un año y medio que falleció Benedetti. Cuando me enteré, permanecí en silencio, incrédulo. Primero por él, porque, aunque suene a cliché, sentí como si se muriera un amigo que dejé de ver hace mucho tiempo; después porque me di cuenta que había soplado mucho aire desde cuando lo comencé a leer.
Gracias, amigos, por los recuerdos.

05 noviembre 2010

¿Qué quieres comunicar?

Hoy día las opciones que  ofrece la tecnología para comunicar ideas son bastas. Cualquiera puede ver una película, ir al teatro, escuchar un programa de radio, una canción; reventarse una temporada completa de alguna serie televisiva; leer un libro, una revista, un artículo. Y todas estas experiencias siempre derivan en un juicio a partir de lo que percibamos. Todo nos merece una opinión, un punto de vista. Ya los más fregones, transforman las experiencias en inspiración y crean. Traducen, por medio de su visión del mundo, su opinión sobre el mundo y sus coyunturas, transformando puntos de vista en expresiones culturales llamativas que, a su vez, generan otras opiniones. El mundo nos proporciona vivencias que traducimos y asimilamos para entenderlo. En ese sentido, todos tenemos algo que decir respecto a todo lo que ocurre en nuestro entorno. Pero no todos lo comunicamos. Aunque podemos inferir que el silenció también puede ser un mensaje, no decir las cosas, puede generar malas interpretaciones respecto a algo que nos afecte; en el peor de los casos, quien no manifiesta una expresión corre el riesgo de enfermarse, física o emocionalmente. Crista Galli, banda mexicana de fama en los noventas, sentencia en una de sus canciones, se sufre siempre en las arenas del silencio…
Pero, honestamente, ¿siempre hay algo que decir?; y si lo hay, ¿cómo decir lo que se quiere decir? Esto se antoja para una reflexión capciosa. O laberíntica. Existen factores como la autocensura pues muchas veces nos impide dar una opinión. Y no nos hagamos, siempre deseamos dar una “buena imagen” al mundo para ser aceptados. La sociedad nos exige mesura al expresarnos, si no lo hacemos, el castigo de la exclusión cae sobre nosotros. Las opiniones “controvertidas” las guardamos para nuestros amigos íntimos…siempre y cuando no les atañan. Sin embargo el punto está allí: qué hacer frente a una hoja en blanco y una pluma de tinta negra. Porque estos elementos están presentes a perpetuidad en nuestras vidas, física o simbólicamente. ¿Qué tenemos que decir? Porque dudo mucho que nadie quiera decir nada. La expresión de ideas y la retroalimentación nos permiten ejercitar el cerebro, siempre y cuando todo ocurra en un ambiente armónico. Quienes se dedican a escribir, quiero pensar, son más capaces de darse a entender llenando con palabras la terrorífica hoja en blanco. ¿Qué nos falta a la gente común para sentarnos a escribir ideas? Insisto ¿De verdad no tenemos nada qué decir?
La posibilidad de que sea cierto que nadie tenga nada qué comunicar, además de quienes a eso se dedican, aunque improbable, me aterra. ¿Nomás tendremos la opinión de lo que ocurre en nuestro mundo de quienes tienen el ejercicio de hacerlo? ¿Hay gente que no desea tener voz? ¿Qué significa esto, socialmente? Pues algo bueno no, seguro. Yo voto porque las pláticas de café y sobremesa se conviertan en reflexiones profundas y divertidas que se vean plasmadas en un espacio, el que sea, para que los todos podamos entendernos como sociedad. Esto pasa, pero no a niveles masivos. Por ello convoco a los mudos del mundo, los sin-blog, a que griten lo que traen en la mente. No menospreciemos nuestras reflexiones que nadie nació siendo Cervantes ni Chomsky. Gritemos lo que nos pasa, lo que queramos comunicar, aunque sea el silencio. Pero digámoslo.

14 octubre 2010

Los Noventas: Década de transición.

Texto publicado en http://www.elshowdelafranela.blogspot.com/

por el Cake

Hace unos años, no muchos, en los medios, se comenzó a dar una propensión por revivir las tendencias de los años ochentas que influyeron en la juventud de esa década. Todos se acordaban que de Timbiriche, de Quinceañera, las tarjetitas Garbage, los Top Siders, los tenis Panam… y de golpe, los ochentas se pusieron de moda. Aparecieron listas de las canciones más importantes en inglés y español; de programas, de novelas y mil cosas más. Hasta cierto punto, para las generaciones más jóvenes, era fácil dejarse seducir por esta tendencia retro-ochentera, por la nostalgia y por los recuerdos borrosos que se tenían de esa década.


Pero para quienes vamos entrando en los treintas nuestra década de desarrollo, de personalidad, de gustos propios, de eventos que recordamos con más claridad, son los noventas. Esto lo comencé a reflexionar justo cuando se dio el furor ochentero, en pláticas con familiares y amigos que fueron adolescentes en esa década. Cosas que charlaban se me hacían conocidas. Algunas referenciales. Pero comprendí que sus ochentas, son mis noventas. Es la época de la secu y la universidad. Del reconocimiento del cuerpo propio y de la pareja. Del cigarro, la chela, el licor barato. De los antros; de los conciertos de rock. De las cascaritas y los tochitos. De las madrizas colectivas…

Hoy día los noventas han regresado de la misma manera en que hace un par de años volvieron los ochentas. Pero es extraño. Los noventeros tenemos un problema: por un lado tenemos las reminiscencias de los ochentas, pero entendemos el choque y conquista generacional de los dos mil. Los Noventas fueron una década de transición donde muchas artes se comenzaron a reinterpretar. También los aspectos poco creativos tienen su participación. Los grupos plásticos y su música, sin perder la superficialidad, la simpleza, lograron llegar al público de otras maneras con propuestas raras o poco ortodoxas para como lo venían haciendo.

En fin, en los noventas ocurrieron muchos cambios. Aparecieron tendencias artísticas mestizas que hicieron su aporte al mundo aunque exista quien niega esta aseveración. Hoy día podremos revivir momentos de esta década gracias a las tecnologías que devoran cada vez más rápido al tiempo. Así que compartamos nuestras vivencias noventeras al tiempo que subimos el volumen de nuestros reproductores de música, en los autos o los peseros; en las oficinas o en nuestros hogares, para dejar nuestra huella adolescente en el libro del tiempo.

Escucha todos los lunes de 7 a 9 pm el Show de la Franela por http://www.rockconexion.com.mx/.

23 septiembre 2010

It Might Get Loud indispensable en la videoteca

El siguiente avance es de una documental que se estrenó en 2009 donde se describe el proceso mental de quienes hacen sonidos con guitarras. La experimentación es el punto nodal del filme. Tres guitarristas renombrados son el elenco y sus laboratorios el set. Indispensable en la videoteca personal. La película se llama It Might Get Loud

21 septiembre 2010

Más violencia

¿En qué momento la violencia se desbordó en este país? Desde que permitimos que puro pendejo gobierne y tome las decisiones importantes. Bien decía Facundo Cabral que su abuelo, un tipo valiente, sólo le tenía miedo a los boludos. Cuándo le preguntó porqué, el abuelo contestó: porque son muchos y por ello casi siempre acaban eligiendo al presidente.

Pero eso de que los políticos son unos boludos lo sabemos desde tiempos inmemoriales; que toman dinero del erario público para sus asuntos, también lo sabemos desde hace mucho tiempo. Que son corruptos e inmorales, pues igual. Lo único que ha cambiado es que ahora los medios de comunicación lo dicen abiertamente. Desde hace ya unos buenos años muchos periodistas han descrito cómo un grupo pequeño de poder ha ido haciéndose más y más poderoso; más y más rico. Mientras la perrada se hace más pobre y más ignorante. Hoy día, mucho más violenta. Pero ni siquiera los medios masivos de comunicación, que no olvidemos, responden a intereses también, han logrado cambiar un poco la conciencia social del país. Aca cada quien jala agua a su molino valiéndole enteramente madre su entorno. Entonces ¿qué tenemos qué hacer? Cuando un periódico relevante en Chihuahua editorializa un llamado a quienes en realidad controlan una ciudad, dígase el narco, crimen organizado, para que les digan qué hacer para frenar la violencia y evitar más muertes dando por sentado que la autoridad no existe, pues la incertidumbre, el miedo es parte ahora importante en nuestras mexicanas vidas.

¿Qué camino debemos tomar como sociedad para combatir al narco y a los políticos corruptos que nos gobiernan? ¿la violencia? o como dicen algunos más románticos, ¿la solución está en cada quien? ¿qué hacer para que el microbusero deje de aventarle el camión a cuanto carro se le atraviesa?, antes de que se acaben los tiempos ¿Cambiaremos?

20 enero 2009

Taxi Fighter

Pues ahora los taxistas se comportan como viles policletos (como si eso fuera algo raro). En la colonia San Jose Insurgentes es difícil encontrar un lugar donde aparcar. Viene viene abusivos, quienes cobran por un pedazo de calle 20 varos (además de que escogen a quien le dan lugar y a quien no); criados de despachos que "guardan" el lugar de sus patrones y vecinos que ponen su botecito para que nadie les ponga un carro desconocido frente a su hogar, son elementos que hacen a veces imposible estacionarse cerca del lugar a donde uno va. Pues a estos obstáculos hay que aumentarle un sitio de taxis que ocupa toda una esquina. Un día de esos en lo que el retraso adornaba mi graciosa llegada a la oficina, buscando un lugar con prisa para llegar a tiempo al checador, encontré un espacio arribita de donde se ponen los taxistas, que de lejos se ven muy decentes, pero de cerca huelen a culeros. Pos voy apagando el carro y uno de estos monigotes, con dientes amarillos, se aproxima a mi y:

taxista: Oye amigo, si te estacionas allí la grúa se va a llevar tu carro; es que ve, estás sobre las lineas blancas y amarillas -tales líneas corresponden a un tope- y además este es nuestro lugar, donde nos ponemos nosotros, déjanos trabajar...

yo mero muy calmado: pues estas líneas que están pintadas es para que se vea el tope y los automovilistas lo vean y se paren, la grúa no tiene porqué llevarse mi carro; ahora si quieres que te deje el lugar sólo pídelo y no me quieras ver la cara, yo también vengo a trabajar y para eso necesito estacionar mi carro, déjame trabajar.

El ruletero que ya comenzaba a entintarse rojo se apoyo en uno de sus colegas. Le llamo y le pidió que me explicara:

taxista dos: no amigo es que si se lo llevan, y es que ve... bla bla bla bla bla bla bla at infinitum...

yo mero sudando por mantener la calma: pues mira las rayas marcan un paso peatonal, los cuales deben de estar libres y en este caso, uno de tus taxis la está bloqueando. Ese carro es el que se debe de llevar la grúa. Te repito, si quieres que te deje el espacio sólo dilo, no necesitas chorearme y ¿sabes qué? mejor me llevo mi carro porque son capaces de pagarle a un policía para que se lo lleven al corralón, a pesar de que yo sí necesito estacionarme porque yo sí trabajo, no ensuciando la calle...

Y que me arranco. Ahora sólo me queda esperar que no le vayan a hacer algo a mi unidad que es bastante reconocible (rojo con rayas grises). Pero por lo menos no les deje el lugar así de fácil. Que se jodan, jaja.

13 enero 2009

Dicen que soy amargoso, no lo puedo remediarrrrrrrrr...

Mauricio Carrera publicó recientemente en Día 7 lo siguiente en alusión al estilo desenfadado y antisolemne de escribir de Jorgue Ibargüengoitia: "La ironía y la sátira, más que posesiones de un amargado, son las maneras en las que el lúcido y el inteligente demuestran su disgusto con el mundo que lo rodea". Ahora entiendo porqué me dicen Grinch...